3 años de #aquíhaymiga: pan para empujar

3 años de #aquíhaymiga: pan para empujar

Cosas del Colectivo

El tiempo pasa, pero aún tenemos grabado a fuego el olor de aquellos bollos de pan en nuestras fosas nasales.

Hoy celebramos el tercer aniversario de nuestra primera acción como Colectivo Miga. Un claro ejemplo de lo que queríamos hacer, y a fe que así está siendo. Acciones originales, de bajo coste y de gran impacto. Podéis ver el desarrollo completo de la acción en nuestro portfolio de trabajos o en las primeras entradas de este mismo blog e incluso buscar la repercusión en redes con el hashtag #aquíhaymiga.

Aquel día nos preocupamos de llevar el pan a las agencias y los estudios que se lo ganan día a día. Irónicamente muchos de ellos han desaparecido para tener que buscarse sectores más rentables (y seguramente más amables). A ellos todo nuestro cariño y admiración porque sabemos que lucharon hasta el final por permanecer en publicidad. Esa profesión tira de pasión y tripas como pocas otras.

Aquel día sabíamos que también estábamos expuestos a eso y pusimos el parche antes que la herida. Recortamos en lo prescindible para seguir adelante, y aquí estamos.

Lo que nos recuerda que si aún tenéis nuestra tarjeta y queréis contactar con nosotros no llaméis al ese teléfono. Tuvimos que darle de baja para aguantar un trimestre más a flote ;P

El día que el trabajo dejó de buscarme

El día que el trabajo dejó de buscarme

Opinión

Hace 1.238 días que no actualizas tu currículum

Con este mensaje me recibe mi perfil de Infojobs después de millones de intentos por recordar la clave de acceso. La sensación al entrar es como el que vuelve a casa de sus abuelos después de muchos años. Es todo más o menos como lo recordabas, pero está todo tan cambiado… Tan vacío…

Entre los datos que puedes ver tienes la dirección de tu piso de soltero, un teléfono que ya no es el tuyo y una foto de un chico más joven y con más ilusión por aquello de que internet era la solución a la búsqueda de empleo. Ese chaval de la foto no tiene ni idea de que en publicidad, a los profesionales se nos pasa el arroz y no hay web que arregle eso.

Nos ha tocado una época jodida para buscar un hueco donde desarrollar nuestra actividad profesional, porque quien más y quien menos ha pasado su época de joven promesa trabajando. Pero trabajando buscando un puesto de trabajo.

Personalmente recuerdo abrirme cuentas en portales de empleo que posiblemente ya ni existan con la esperanza de que Internet proveería, y me consta que lo hizo. Fui a varias entrevistas y estuve trabajando gracias a una oferta de Infojobs, pero eso me hizo perder la perspectiva. Internet no te da trabajo o sueldo, sino que lo hacen las empresas del sector en mi ciudad (os hablo de mi caso) y la mayoría de ellas tenían ya fecha de caducidad cuando me inscribía en sus ofertas.

Aquellas webs de empleo a día de hoy ya habrán vendido mis datos a cualquier compañía telefónica o aseguradora. Sólo Infojobs salió más o menos adelante, y parece que ahora pretende ser una suerte de Linkedin con currículos desactualizados. Las empresas de publicidad que han sobrevivido al cataclismo de la crisis económica tienen que agradecerlo en parte a algo que aprendieron usando estos portales: Aunque tu oferta de empleo sea abusiva y pagues una mierda, de las 300 solicitudes no bajarás.

Seguro que sabéis de qué tipo de empresas os hablo. Son aquellas en las que conocéis más personas despedidas que contratadas y que tienen permanentemente la misma oferta de trabajo en la red, pero que con el tiempo van bajando el salario hasta que plantan un a negociar.

Posiblemente hayas echado una solicitud en alguna, hayas ido a una entrevista o hayas estado trabajando allí un añito. Lo que es seguro es que si has trabajado allí, el período de prácticas te lo has tenido que tragar de cabo a rabo sin ver ni un duro. Y ahí es donde está la clave.

¿Qué empresa no querría una oficina llena de jóvenes promesas ansiando destacar, por añadir una línea en un currículo virgen o sacrificándose tan sólo por sumar una página a su portfolio? En la actualidad hay agencias de publicidad que sólo tienen unos tres o cuatro puestos directivos fijos (o fijos discontinuos) y el resto de una plantilla de 20 personas son trabajadores en régimen de prácticas o en un contrato a prueba.

Estas son las empresas a las que llegado un día llamé, se interesaron por mi trabajo y al finalizar una entrevista me dijeron: joder, es una pena que no tengas 25 años, porque ya no podemos pagar un senior y tenemos que suplirlo con 5 personas de prácticas. A ver, ¿soy demasiado bueno o demasiado adulto como para ser contratado?

No falta quien apostilla un “es que ya tienes edad de montar tú algo”. Pero esto lo dicen entre dientes, porque si lo haces posiblemente te los comas con papas sabiendo cuál es el secreto de su longevidad: chuparles la energía a los jóvenes profesionales que terminarán quemándose y yéndose, o directamente pegarles una patada en el culo antes de que la empresa esté obligada a cerrar un contrato digno con ellos.

Ya no llegan los avisos a mi correo electrónico. Todos los contactos de antiguos compañeros que aparecen en mi perfil trabajan en una gasolinera, de teleoperadores, han abierto un bar o están dando clases en la facultad (clases de sabe Dios qué, porque tienen a lo sumo 3 años de experiencia laboral en publicidad). El caso es que muy pocos profesionales de mi edad seguimos en el sector.

Llámalo pasión, romanticismo o que no sabemos hacer otra cosa, pero creo que los pocos que quedamos no tendríamos que  acabar batiéndonos el cobre con un becario para conseguir un contrato precario. Se gana más de cajero en el DIA a media jornada y encima te queda otra media jornada para dar rienda suelta a tu creatividad en la forma que sea ¿Quién sabe? A lo mejor terminas ganándote la vida haciendo lo que realmente te gusta aunque no tenga que ver nada con la publicidad.

Hoy voy a dedicar el día a borrar todo rastro de mi persona en estos portales de empleo. No quiero (ni merezco) ser reclamado por este tipo de agencias. Ellos no pueden permitirse una persona con mi experiencia, y yo no me puedo permitir soportar a más gilipollas.

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La punta del látigo

La punta del látigo

Opinión

Parece una práctica habitual en este bendito país que las relaciones profesionales en publicidad se estructuran como la sacudida de un látigo. Llegó el momento de explicar el porqué de esas extrañas cicatrices que lucen los publicistas como nosotros en su castigada espalda.

Cuando empiezas una relación con un cliente o con una agencia (ya estés contratado como freelance o como parte de la plantilla) el viento siempre sopla a favor para ambas partes. Te dejan que tomes el látigo por la empuñadura y que creas que puedes dominar la situación. Se adapta bien a tu mano y confías en que el recorrido sea prolongado y beneficioso. Pero no hay que confiarse, porque un látigo no deja de ser un arma por el hecho de que la empuñes tú.

La agencia (o el cliente) y tú tomáis impulso y descargáis toda vuestra fuerza en el movimiento inicial. Hay un momento de catarsis, de unión de objetivos y de ilusión por un proyecto común. Los primeros logros saben a merecida victoria. Las capacidades comerciales de una parte y la brillantez de unos creativos motivados hacen relucir piezas interesantes y valientes. Parece que os vais a comer el mundo con papas. No será así, porque tus intenciones y las de tu compañero de batalla son bien distintas, y porque tardarás poco en darte cuenta de que en esta ecuación, además del látigo hay otra herramienta: tú.

Los proyectos se van sucediendo y la agencia empieza a ceder ante las presiones de los clientes, a apostar menos por tus ideas y a abusar de tus ilusiones porque el proyecto no deje de ser interesante. Empiezas a darte cuenta de que no sois un equipo, sino un mero acuerdo para un fin claro: ganar dinero.

Es un fin loable, ya que la publicidad es una profesión y no hay quien rebata que debe ser remunerada para cubrir las necesidades de aquellos que trabajan en esta disciplina. Pero no es lo que te ha vendido la agencia, porque pasas de ser una pieza esencial del engranaje a un litro de combustible que poco a poco se agotará y será reemplazado por otro combustible más barato.

Tus pies tocan el suelo y crees saber qué sitio ocupa cada uno realmente. Tu ilusión se transforma en funcionalidad y tiras de profesionalidad para que la relación sea fructífera para ambas partes. Afrontas los proyectos de manera efectiva y sabiendo que involucrate a nivel personal puede ser contraproducente. Notas que la velocidad de la sacudida va aumentando y que estás siendo inevitablemente arrastrado. Aquella mano amiga del impulso inicial sabía perfectamente cómo lanzar el golpe para salir indemne.

El cliente (o la agencia) ya va un paso por delante de ti. Seguramente no sea la primera vez que hace esto, y sabe que la clave está en tomar de ti todo lo que pueda aprovechar antes de lanzarte a la papelera.

Sabe que aún quedan resquicios de ilusión y los buscan cavando en tu conciencia como si se tratara de una mina. Empiezan a pedirte esfuerzos. Plazos apretados, las funciones fuera de tus competencias, que amoldes los plazos de tu facturación a sus necesidades, un continuo regateo para que bajes tus honorarios… No te lleves las manos a la cabeza. Lo suelen lograr apelando a la amistad, al tiempo que lleváis juntos o a una profesionalidad muy mal entendida.

De repente te ves trabajando a destajo la noche de navidad tras una semana currando en jornadas de 16 horas, mientras tu hijo llora porque tiene 40º de fiebre y una otitis del copón. Y aún así tú rezas lo que sabes porque no tengas que perder la noche en urgencias para poder así llegar a un plazo ficticio con el que te martirizan a golpe de mensajito de Whatsapp. Mientras te van llegando las notificaciones de las fotos que se van subiendo al Facebook de la agencia con tu amigo del alma poniéndose tibio frente a una opulenta cena de trabajo. Esforzándose para terminarse el bogavante y dejar sitio para todo el turrón y el gin tonic que su organismo pueda asimilar.

Te empiezas a resentir físicamente. En ese punto sabes que todo va a acabar pronto y empiezas a poner tus límites. Te ciñes a tu tarifario, haces que se firmen los presupuestos y recalcas bien en ellos los plazos de entrega como si te fuera la vida en ello (porque de hecho es así). Es cuando la agencia le ve las orejas al lobo y se prepara para un último giro.

Un par de meses antes entra mágicamente un gran flujo de trabajo. Grandes campañas, presupuestos jugosos y de repente recibes palmadas en la espalda y apretones de hombro. Tú sigues receloso y te atrincheras en tu formalidad como quien se protege de una bala interponiendo sus manos.

Cómo no, tragas con lo que te echan y te consuela saber que esa inyección de dinero hará que semejante acto de prostitución valga la pena, pero no sospechas que el último gran golpe está en marcha. La agencia recoge el látigo en un gesto brusco, tu inercia hace que se produzca el violento estallido y que sea inevitable que el único perjudicado seas tú.

¿Pero cómo? Da igual. El motivo es lo de menos. Un desacuerdo en una factura, un tirón de orejas por parte del cliente o sencillamente hacerte culpable de cualquier miseria que se les ocurra.

El tono se torna frío y las comunicaciones pasan de ser telefónicas a producirse únicamente por correo electrónico. Aunque intentes contactar con la agencia no te van a coger el teléfono porque ya están buscando al siguiente pardillo y lo que están haciendo es ganar tiempo.

Te piden todos los archivos con los que has trabajado (incluso los bocetos) y te quieren obligar a firmar cláusulas que te hacen renunciar a los pocos derechos que tienes. Si por un casual trabajas en una oficina lo más posible es que te pongan un espía (o esbirro de confianza) que vigilará todos tus movimientos por si se te ocurre llevarte a casa algún archivo o un mísero Post-it.

Lo peor de todo es que te dejan de pagar las últimas nóminas (o facturas) con cualquier excusa y tienes que empezar a intentar conseguir lo que por derecho es tuyo a través de las intrincadas vías de la burocracia. Te tienes que buscar asesoramiento legal (otra parte del pastel que no catarás) y, por supuesto, no hacer planes para ese dinero porque es muy probable que no lo veas en muchos años (y digo bien: AÑOS). La justicia es lenta en este país irónicamente porque está sobresaturada de personajes como a los que me vengo a referir (cosa que juega a su favor también).

La intención del cliente o la agencia es alargar los plazos de pago, intentar ahorrarse alguna partida en el transcurso y por encima de todo putearte por si te rindes y cedes a todas sus exigencias.

En este sector hay gente que se rasga las vestiduras y claman al cielo preguntándose por qué la publicidad es un sector tan denostado en este país y cuál es el motivo para que el nivel de otros países esté tan por encima en producción y calidad del nuestro. La respuesta no está en el talento, sino en un modelo de negocio en el que una panda de yupis de medio pelo (que no distan mucho de los mercaderes tunantes que cerraban tratos en tascas y puticlubs) hacen su agosto.

Ojalá un día acabe con todos ellos la justicia (que no la ley) y que este oficio se desarrolle en todo su potencial. Es una pena porque cuando llegue ese día no estaré aquí para verlo… y posiblemente tampoco la raza humana.

Con lo que yo era…

Con lo que yo era…

Opinión

– ¿Y a qué se dedica usted?
– Soy publicista en una agencia.
– ¡Diablos, qué interesante!

Es una delicia escuchar diálogos como estos en películas clásicas, cuando la publicidad era una profesión prestigiosa y emocionante. La ficción tiende a fantasear, pero bien es cierto que la figura del publicista ha sufrido una degradación progresiva a lo largo de los años y ha pasado de ser un gurú a un molesto trámite a la hora de que los deseos del cliente se materialicen.

Un publicista en los 60s era un profesional capaz de doblegar la voluntad del público objetivo porque poseía la formación, el talento y la cultura que le permitía saber lo que el público objetivo necesitaba escuchar para comprar uno u otro producto. Un auténtico semidiós a medio camino entre el hipnotizador y el economista.

La profesión de publicista estaba muy bien considerada socialmente. A los analistas, economistas y comerciales, en las agencias de publicidad se les unían escritores, periodistas, pintores, dibujantes o poetas. Esto aportaba el encanto de la bohemia y ese glamour que se puede captar en películas como Pijama para Dos o en la serie Mad Men. Y por supuesto, sobra decir que estos profesionales estaban lo suficientemente remunerados como para permitirse un buen puñado de lujos.

Hoy las tornas cambian y la sensación de que los publicistas son como estrellas del pop se hace muy patente observando su decadencia actual. A día de hoy una agencia de publicidad se compone de una persona con una agenda de contactos y una conexión a internet para rebotar correos entre freelances y clientes, llevándoselo calentito en el proceso. El resultado es una publicidad barata y teledirigida por un cliente que usa los servicios de los profesionales (ya sean en plantilla o subcontratados) como meros ejecutores de ideas plagiadas de algún tablero de Pinterest o del blog de turno.

La profesión de publicista se ha devaluado porque se ha prescindido del talento, la intuición, la formación y la cultura en pro del manejo de un glosario de programas informáticos que jamás se van a utilizar en la práctica. Los publicistas hemos pasado de ser la cabeza a ser la mano en este proceso. Una mano torpe y mal pagada.

Esto puede sonar a que nos quejamos porque nos escuecen las heridas, pero os proponemos una demostración empírica: Haced una búsqueda en Infojobs. Buscad ofertas de trabajo para tres perfiles profesionales. El primero para un puesto de publicista, el segundo uno de administrativo y por último uno para maquinista en una imprenta.

Echad primero un vistazo a los requisitos. El publicista debe acreditar 3 años de experiencia en un puesto similar, una formación mínima en grado superior, hablar tres idiomas, debe dominar software de diseño gráfico, ofimática y edición de vídeo, programar y diseñar web, ser inquietos, creativos, motivadores, proactivos, resolutivos, estar al día de todas las tendencias y mostrar un book donde ver todos los trabajos realizados. El administrativo requiere una formación de grado medio y se valora la experiencia manejando el paquete Office, atendiendo al teléfono y hablando algún idioma extra. El técnico de impresión requiere 5 años de experiencia, una formación específica y ser capaz de hacer un presupuesto.

Ahora veamos los rangos salariales. El técnico de impresión cobrará de 21.000 a 30.000 euros (bien ahí), el administrativo de 12.000 a 18000 euros (claro que sí) y el publicista de 12.000 a 15.000 € (más que suficiente para alguien que seguro que está todo el día fumando porros y jugando a videojuegos ¿no?).

Podríamos señalar a mil y un culpables de esta situación: La competencia entre agencias, la abundancia de profesionales, la desaparición de las agencias, el abaratamiento de los costes, la precariedad en los contratos, los concursos públicos, los estereotipos sobre los profesionales de la publicidad, el intrusismo, la popularización de herramientas de diseño, el acceso a información instantánea a través de internet… pero el caso es que este es el punto en el que nos encontramos.

En la mano de los profesionales de este sector está el futuro de la profesión, pero desgraciadamente hay que elegir entre bajar la cabeza, asentir y tener algo con lo que llenar la barriga, o por el contrario hacerse valer, trabajar duro y pasar más hambre que el perro de un afilador, que comía chispas para llevarse a la boca algo caliente.

Definitivamente de la publicidad se vivía mejor cuando se cobraba en pesetas.

El Síndrome del Efecto 2000

El Síndrome del Efecto 2000

Opinión

Sale el sol en los prósperos edificios de oficinas. Las manadas de clientes salvajes pastan sus enteras de jamón, aceite y tomate en los bares de los polígonos industriales y tabernas de mala muerte donde poder llamar al camarero gritando jefe. En las agencias, los atareados comerciales se lanzan a buscar sustento a puerta fría mientras que los directivos peinan la web en busca de premios y concursos para ganar puntos en época de apareamiento. Tras la migración de estas especies en verano a parajes más amables en busca de cerveza barata, mosquitos tigre y falta de cobertura, parece que la calma y la rutina vuelven al mundo de la publicidad.

De repente algo cambia. Una brisa fría despeina la nuca de un ganadero en Cortegana y hace que mire de reojo un almanaque de Cepsa que se balancea en la pared de la oficina. Si se mueve así es que ya apenas pesa y eso quiere decir que el año se va a acabar en apenas unas semanas. El cataclismo está servido.

El ganadero desbloquea torpemente con sus rudos dedos su smartphone de alta gama y llama a sus socios para comunicarle el hallazgo. Aunque haya alimento de sobra en los prados, a ojos del exaltado cliente, apenas llegan a ser suficientes para pasar el día. Se declara el estado de emergencia y se empieza a llamar a proveedores de todos los colores y formas para pedir presupuesto, reducir costes, ganar dinero y “hacer cosas”

Al ver a un sujeto corriendo, la manada corre por si acaso es víctima de un ataque. Las líneas telefónicas se colapsan. El suelo tiembla ante semejante estampida, pero el pánico pronto pasará a un segundo nivel porque entre otros proveedores las agencias de publicidad reciben un auténtico bombardeo solicitando reuniones, presupuestos, cambios…

Las campañas que están en proceso se paralizan automáticamente. “Esto es más importante” brama el cliente al otro lado del teléfono. “Necesito cambiar todo, justificar gastos, ganar una cuota de clientes y (por supuesto) felicitar las navidades”. El alud de responsabilidades empieza su singladura. Las calculadoras empiezan a echar humo, los timings a apretarse y menguar, y los creativos se cagan en su estampa.

Cuando las agencias se ven tan saturadas el fenómeno sube un peldaño más y de transmite a un grupo de freelances solitarios que anidan eventualmente cerca de las agencias. El peso de la responsabilidad y la libertad de movimientos es devastadora con ellos. No hay descanso, los resultados deben ser inmediatos y el eco del “ya vamos tarde” se resuena en sus cabecitas.

Las ideas se plagian para perder menos tiempo, los presupuestos se bajan por falta de ocasiones para negociar. “Otro año nos pasa lo mismo”, “yo no sé para qué os contrato”, “tengo tarjetas de otras agencias que no tendrían problemas en trabajar como yo quiero”… suenan las dentelladas.

El calendario avanza. La batalla por la conservación del cliente es despiadada con todas las partes ¿Todas? Todas no, mientras ejecutivos, creativos, y freelances están en plena ebullición el cliente llega a un punto en el que se aburre y se concentra en placeres más mundanos. Las comidas de navidad, los sorteos de la lotería, las vacaciones inminentes… y se limita a devolver los correos, acumular los presupuestos y a relajar la postura quitándole peso al asunto pero sin bajar el tono. “No puedes dar marcha atrás. Que trabajen los cabrones, que para eso les pago”.

El año acaba con bajas por parte de agencias y freelances, pero el trabajo queda resuelto. Para más inri la agencia manda al cliente una cesta de navidad, un juego de pluma y bolígrafo o cualquier chorrada porque hay que (pese a la paliza) estar agradecidos.

Los clientes por su parte usan los presupuestos y bocetos como posavasos y manteles para que el anís y los polvorones no manchen la carísima mesa de cristal. Esas campañas no se llevarán jamás a la práctica y ese boceto quedará arrugado debajo del sofá entre confeti y cabezas de langostinos.

La amenaza ya parece lejana cuando llega enero, pero un nuevo calendario cuelga de la pared de la oficina del cliente, y la hecatombe se repetirá en tan sólo unos meses con la Semana Santa, y luego con la feria, y luego con las fiestas del pueblo, y con las vacaciones de verano, y con la baja por embarazo, y con el puente de turno…

Las leyes de la naturaleza se han de respetar y asimilar para vivir en paz, pero en este caso cambiar esta situación es más que posible con sencillas acciones que nos definen como profesionales y casi como seres humanos.

La primera: Previsión. Si esto pasa cada cierto período de tiempo y es un ciclo tan predecible, adelantarse es la clave. Esos huecos que se crean no sirven para descansar de la paliza, sino para distribuir el trabajo equitativamente durante todo el año. Las felicitaciones navideñas se pueden hacer en abril y establecer un tarifario hará que la creación de presupuestos sea más sencilla.

La segunda: Autoestima. No hay ser servilista. Tu trabajo es valorable y de calidad, no hay que bajarse los pantalones ante amenazas o presiones con los plazos. Si los plazos son cortos y el volumen de trabajo alto, sube los precios y saca trabajo para freelances de manera equilibrada si te ves desbordado. Si el cliente protesta no cedas. Quiera el trabajo “para ayer” o quiera “todo el trabajo hecho”, si es tan importante, pagará un precio justo por ello. Si no es que te la está intentando meter doblada.

Tercera: Monitorización. No pierdas la cuenta de lo que se pide y lo que se da. La relación debe estar equilibrada. Numera los presupuestos que te pidan y revísalos. Si te piden el mismo concepto da el mismo precio y no te dejes llevar por el terror. Aprovecha una reunión al año para enseñar el volumen de presupuestos pedidos y los trabajos que han salido. Si la proporción es desequilibrada recuérdale al cliente el trabajo que supone hacer un presupuesto.

La cuarta y última: Empatía. Se consciente del efecto que produce este fenómeno y ponte en la piel de todas las partes. Seguramente el ejecutivo de la marca esté tan presionado como tú, así que intenta dialogar y relajar las posturas a base de sentido común. Si no puedes evitarlo para al menos la dinámica en tu punto. Si tienes una agencia no vuelques el estrés y todas las responsabilidades en el siguiente eslabón, porque si no los que terminan sufriendo todo el peso de este sin Dios es el currante que echa horas a pie de ordenador o echando kilómetros de un lado para otro.

Con estos cuatro pasos debemos ser capaces de frenar la deriva y conseguir trabajar de manera armónica y justa por el bien de la salud mental y física de todas las partes. Así el fantasma del pánico inútil que desató el Efecto 2000 en su día no vendrá a aparecerse cada dos por tres.

Lo que lo Está Petando

Lo que lo Está Petando

Opinión

Al igual que el cornudo es el último en enterarse de que su mujer le es infiel, el cliente es el último en enterarse de lo que necesita para estar de rabiosa actualidad y acercar su producto así al público objetivo por la vía de la inmediatez. Así es como en publicidad la actualidad sufre un extraño fenómeno cuando pasan por el tamiz del cliente, ya que posee el poder de parar el tiempo.

Los publicistas tienen el deber de estar al día de todo lo que pasa en el mundo y de las nuevas herramientas y ocasiones perfectas para promocionar los productos que tengan entre manos. Pero en innumerables reuniones, tras una aguda exposición de campañas por parte de agencias y profesionales de la publicidad, el cliente se inclina hacia atrás, tuerce la boca, chasquea la lengua y dice… “¿Sabéis? Lo que lo está petando ahora es…”

Nada bueno puede salir a partir de ese momento. El cliente crea un engendro basado en lo que ha visto por la tele o lo que le ha contado su sobrino. Los publicistas intentarán enderezar la situación pero la campaña está ya herida de muerte. Cuando vea la luz, lo que estaba ya de moda cuando se enteró el cliente ya no sólo tendrá poco efecto, sino que influirá negativamente en la marca por retomar un tema que ya está manidísimo.

No hay una solución clara, porque bien es sabido que cuando un cliente y una agencia empiezan una relación (si los términos no quedan cristalinos) se basará en un tira y afloja entre lo que el cliente cree mejor para su producto basándose en que “él lo conoce mejor que nadie”, y por otro lado la agencia que pondrá todo su esfuerzo en que la campaña sea efectiva y de calidad porque han estudiado el caso a conciencia y “quieren hacerse una portfolio de calidad”. Normalmente este pulso lo gana el cliente y lo cobra la agencia.

Ahora mismo están pasando por la cabeza de un cliente como este todos los hitos que hace tres años eran tendencia. A saber: los selfies, los códigos QR, la realidad aumentada, los 80s, los filtros de Instagram, los emojis de Whatsapp, los motivos geométricos, logos que parecen iconos de aplicaciones… Y así todo un rosario de resobadísimos términos que salen a la luz en cada correo electrónico, en cada llamada de teléfono y en cada reunión.

Pensaréis que achacar la desactualización del sector a los caprichos de los clientes es una exageración. Quizá sea así, pero sólo quiero que penséis en todo el daño que ha hecho esta frase: lo que lo está petando ahora mismo es el rap. MUCHO DAÑO

Espectadores Sordos, Anuncios Mudos

Espectadores Sordos, Anuncios Mudos

Opinión

La introducción de la TDT en nuestros hogares ha dado alegrías y quebraderos de cabeza (y de bolsillo) a todo el mundo. Dentro de las ventajas que nos trae este avance encontramos la opción de poder activar los subtítulos en la mayoría de sus contenidos…Y digo bien, la mayoría.

Podemos disfrutar de retransmisiones deportivas en directo, de series tan sólo unos días tras su estreno, de acalorados debates en los que los tertulianos se pisan las frases los unos a los otros o de películas transcritas punto por punto a subtítulos, pero cuando llegan los anuncios se queda congelada la última frase en pantalla y hasta que no acaba el bloque de publicidad no se vuelven a activar. La publicidad enmudece en la parte inferior de nuestras pantallas justo cuando llega su momento.

Llevo observando este fenómeno desde que empecé a disfrutar de la TDT y lo recibo con absoluta incredulidad. En casi un año que vengo monitorizando este suceso tan sólo un spot de Dixan hizo saltar de nuevo los subtítulos de la TDT.

Hay otros anuncios que los llevan incorporados. Todos los que impliquen organismos o instituciones públicas tienen la obligación de ponerlos si quieren recibir una subvención por accesibilidad. También lo hay que los incluyen por motivos obvios como es el caso de Adeslas o Gaes, que necesitan llegar a público con dificultades auditivas porque son su target.

Pero ahora reflexionemos. El coste de un spot de 20 segundos en prime time en una cadena de televisión con una audiencia alta es desorbitado y tan sólo se lo pueden permitir cierto tipo de anunciantes ¿Saben estos anunciantes que están perdiendo la posibilidad de llegar a un nicho de mercado de casi 2 millones de personas que sufren afecciones graves de oído? Los sordos comen pizza, se echan perfume, juegan a videojuegos, contratan seguros y usan condones ¿Por qué nadie se los quiere vender en televisión?

El precio por subtitular un minuto de vídeo es de menos de 3€. El precio varía en función de la longitud de la pieza y el idioma. Pero teniendo en cuenta que los spots son de 20 segundos y que el audio en un principio ya está traducido, el precio por anuncio es ridículo. La inversión es nimia teniendo en cuenta todos los impactos potenciales que vas a perder si no subtitulas tu anuncio.

Todos sabemos del oportunismo de medios, anunciantes y agencias, así que llevo una semana vigilando ya que casualmente del 24 al 30 de septiembre es la Semana Internacional de las Personas Sordas. Pues bien, ni aún así he divisado un pequeño cambio de actitud. Parece que en esta ocasión ninguno de los implicados quiere ponerse la medallita de buen ciudadano.

Desde Colectivo Miga animamos a los anunciantes a que no sólo piensen en los sordos, sino que también piensen en las salas de espera que bajan el volumen de sus televisores, en los padres que no quieren que sus hijos se despierten cuando ven su serie favorita, en las personas mayores a las que la comunidad de vecinos ya les ha dado un toque de atención por poner la santa misa a todo trapo… Subtitulando vuestros anuncios no estáis haciendo ninguna obra de caridad, estáis rentabilizando vuestra inversión en medios y por lo tanto ganando dinero.

Una Madre en Cada Agencia

Una Madre en Cada Agencia

Cuentos Desde la Agencia

Alfredo Lassa llegaba como era habitual a las once a su agencia de publicidad en pleno centro de su ciudad cuando, al entrar en su despacho, le sorprende ver a una señora vestida de domingo sentada frente a su puesto de trabajo.

– Buenos días señora ¿Está esperando a alguien?
– Sí hijo, estaba esperando al jefe de la agencia.
– Yo soy el director, me llamo Alfredo ¿En qué puedo ayudarla?
– Pues mire, me llamo Carmen Romero (encantada) y quería trabajar aquí.
– Vaya, es que hemos contratado a una empresa que nos limpia la oficina y…
– ¡Uy, no hijo no! -interrumpió Carmen subiendo varios tonos su voz- Fregando suelos no, haciendo anuncios.
– Eso es maravilloso, -dijo Alfredo sarcásticamente- pero necesita usted una formación universitaria para trabajar en una agencia de publicidad como esta.
– No creo Alfredo ¿Te puedo tutear verdad hijo? -no esperó la respuesta- He visto los anuncios que habéis hecho últimamente y creo que yo puedo mejorarlos.
– ¿A qué se refiere? -respondió rápidamente Alfredo cruzándose de brazos y apoyando la espalda contra su sillón de oficina-

Carmen apartó el bolso de su regazo y se inclinó hacia delante.

– Verás, no sé por qué los anuncios que veo en la tele o los que me encuentro en las revistas están empeñados en darme consejos a mi. Y es cuando yo me pregunto “¿De qué me conocen a mi estas personas como para decirme lo que tengo o no tengo que hacer?” -sentenció dando una palmada sobre su rodilla- Y por eso estoy yo aquí, para que me paguéis por dar consejos decentes.

Boquiabierto el director intentó exponer su respuesta con un fin casi didáctico.

– Carmen, esos anuncios están hechos para muchas personas además de usted, y tenemos un grupo de profesionales cualificados que desarrollan esas ideas motivacionales y que escriben los consejos que usted lee.

La señora se giró para divisar en la enorme y diáfana oficina a los creativos trabajando frente a sus ordenadores con los auriculares puestos y a los ejecutivos hablando por teléfono yendo de aquí para allá como bestias enjauladas.

– ¿Esos pipiolos son sus expertos? -susurró mientras volvía a su posición original- Entonces no me extraña nada – fijó la vista de nuevo en Alfredo- ¿Qué consejos espera que pueda dar un chiquillo de veintipocos años que no es capaz de encontrar su casa si no lo busca en el Guble? Sólo dirán cosas como “vive la vida” y “cómete el mundo” -Carmen frunció su ceño y agravó su tono- ¿Pero qué será de esas personas cuando el mundo les devuelva el golpe y no tengan dinero para vivir la vida que desean?¿Serán sus profesionales los que pongan su hombro para que lloren?¿Estarán ahí para recomendarles que tomen otro camino y apoyarlos para que tengan de nuevo ilusión?.

Alfredo apretó los labios queriendo lanzar sus argumentos en contra pero Carmen se le volvió a adelantar.

– Mira Alfredo, -suspiró- soy viuda, tengo setenta y tres años, tres hijos muy bien criados, cinco nietos y muchísimas amigas que no dudan en llamarme si tienen un problema. Si alguien sabe dar buenos consejos soy yo. Si quieres que te ayude a hacer anuncios, aquí te dejo mi currígulum. Llámame.

La señora se levantó y salió con paso firme hacia la salida haciendo sonar sus tacones en la tarima flotante. Alfredo la acompañaba retirando sillas y abriendo puertas torpemente mientras balbuceaba dándole las gracias y despidiéndose.
Carmen tardó en recibir una llamada para trabajar en la agencia de publicidad después de que Alfredo se lo consultara a sus socios, a sus jefes de departamento y, por supuesto, a su madre.